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    MARRUECOS

                                                                                

 

 
 

 

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De Agadir hasta Essaouira

 

Ling y yo aterrizamos en Agadir y tomamos un taxi colectivo para Essaouira. Estos taxis, que son Mercedes, llevan cuatro pasajeros atrás y dos en el asiento delantero (¡más el conductor por supuesto!). Estábamos demasiado cansadas para esperar que el coche se llenara, y elegimos pagar la diferencia. Entonces nos fuimos con solamente tres pasajeros. ¡El camino a lo largo de la costa atlántica era magnífico! Había muchos árboles de “argane” que crecen solamente en el sudoeste de Marruecos. El aceite extraído de su fruta tiene un gusto de avellana, y características anticolesterol y está lleno de vitaminas. También se utiliza para los problemas de la piel, las quemaduras y los reumatismos. A las cabras les gusta subir en sus ramas para comer sus frutos, lo que ayuda a la reproducción de esos árboles raros. Mientras que la fruta es tragada por el mamífero rumiante, las enzimas digestivas entran a través de la cáscara del hoyo, que la cabra escupe. Todo está listo para que crezca otro árbol. ¡Que listas estas cabras!

 

Essaouira es casi como una ciudad de Bretaña (la costa del noroeste de Francia), a excepción de la arquitectura y la cultura. Se puede caminar a lo largo de los muros de la fortaleza que bordean el océano para mirar las hermosas puestas de sol, comer pescados y mariscos recién asados a la parilla en la calle que corre a la orilla del agua, o perderse en el laberinto de  la medina (la vieja ciudad) para hacer unas compras. La temperatura aquí es alrededor de 20 grados centígrados todo el año; un cambio agradable respecto de Marrakech o el desierto en donde se pueden superar 40 grados en el verano. Essaouira es una ciudad costera tranquila y agradable. Pero no permanecerá de esta manera por mucho tiempo. Hay muchas construcciones y la tranquilidad de esta joya desaparecerá pronto.

 

 

Marrakech

 

Decidimos pernoctar en un riad ¡y fue una estupenda idea! Las viejas casas en el corazón de la medina son remodeladas por extranjeros y adornadas con buen gusto, ¡un lujo dentro de precios bastante baratos! Las habitaciones siempre dan a un patio: había naranjos en nuestro patio y una chimenea en la sala; ¡era un verdadero oasis! Por la noche, La plaza Jemaa-el-Fna es un teatro al aire libre muy animado. ¡Hay mucha diversión en la calle, pero cuidado con los carteristas y a los que andan a tientas! Durante el día en esta plaza se encuentra también la entrada del souk (mercado). La policía turística ha hecho el souk más soportable hoy en día. Si alguien es acosado, se puede llamar o amenazar con llamar a la policía. Pondrán al culpable en la cárcel por tres meses. Este hostigamiento era la principal razón por la que durante tantos años había pospuesto mi visita a Marruecos. Mientras que caminábamos a través del souk, un hombre asió a Ling en un área donde teñían mascadas. Nos mostró los diversos polvos coloreados usados en el proceso, y nos enseñó diversas maneras de usar estos pañuelos largos sobre nuestras cabezas y alrededor del cuerpo. ¡Pero después intentó cobrarnos 250 dirhams (25 Euros) para una mascada que había comprado antes por 20 dirhams! Mientras que caminábamos hacia fuera, asió a mi amiga por el brazo y exigió que le pagáramos la demostración que él nos había hecho. ¡Nunca la habíamos solicitada! Tendría que haberlo amenazado con llamar a la policía.

 

Después fuimos a una casa de té encantadora donde conocimos a una señora inglesa que nos llevó a un viejo palacio hermoso (Dar Cherifa) que tenía una exposición de la pintora belga Isabelle de Borchgrave. ¡Muy linda!

 

Les recomendaría también ir a Gueliz (la ciudad nueva), a comprar algunos pasteles marroquíes. Al Jawda es un poco caro ¡pero los pasteles son absolutamente deliciosos!

 

 

Un paseo en camello por el desierto

 

Una cosa que es necesario saber antes de subir a un camello es agarrarse muy fuerte porque se levanta precipitadamente. Una amiga mía me había dicho que se había mareado al pasear en el camello. No estaba segura si iba a soportar este paseo. Mi amiga Ling se puso tan tensa que decidió bajarse del camello y caminar. Yo mantuve mis caderas flojas para seguir el movimiento de la joroba del camello y monté como una amazona con ambas piernas del mismo lado. La parte más difícil consistía en tratar de tener mi cámara fotográfica quieta mientras mis caderas se movían, y tuve que sacar fotos con una mano a menos de tomar el riesgo de caerme. Cuando íbamos por las dunas, la profundidad de la arena seca era poca y la tierra se sentía dura para uno que camina descalzo. ¡Pero cuando subimos una duna de arena escarpada, ese era otro cuento! ¡Tenía la arena hasta las rodillas y no podía subir!

 

Nuestro guía, Ichou, nos contó que el día antes fueron sorprendidos por una tormenta de arena y tuvieron que esperar que amainara antes de poder continuar. Llegaron al campamento a la medianoche. ¡Al día siguiente tuvimos mucha más suerte! Cuando llegamos nosotros, decidimos dormir al aire libre en vez de bajo las tiendas beréberas. El cielo estaba tapizado de estrellas, y luego de unos cuantos segundos de mirar hacia arriba, vimos una estrella fugaz. Esa noche habría muchas más. Tenía un poco de arena en el ojo y cuanto más lo frotaba, más se irritaba hasta que se puso rojo. Ichou ofreció ponerme una cebolla en él, jurando que era la mejor cura para limpiar el ojo. ¡Cuando en Roma...! Acepté su ofrecimiento y procedió a cubrir mis ojos con las cebollas recién peladas, pero seguramente no estaban muy frescas porque no salía zumo de ellas. Cuando le confesé que no sentía nada, abrió mis párpados y frotó los ojos con las cebollas. Finalmente reaccioné y casi me puse a luchar con él, pero me sujetó valientemente con toda su fuerza. Los ojos me ardían y lloraban, pero sabía que después de una noche de sueño, me sentiría mucho mejor.

 

Cenamos, y por primera vez desde que llegamos a Marruecos, nos ofrecieron té sin menta, ya que las hojas de menta fresca no duran mucho en el desierto. Había una pareja con nosotros: Majid y Mónica. Majid advirtió a Mónica que había  escorpiones, y tuvo miedo de irse a dormir. En realidad, los escorpiones y las serpientes salen generalmente después de la lluvia y tienen miedo de la gente. La única manera de ser mordido o picado por ellos es caminando sobre ellos sin querer. Otra preocupación es que hay rebeldes argelinos en el desierto, y atacan los campamentos durante la noche. Desean un acceso al Océano Atlántico. No me preocupé mucho de eso hasta que me levanté en medio de la noche para ir al baño. Vi una sombra en la oscuridad y mi imaginación comenzó a ver cosas. Corrí asustada hacia mi cama y cada vez que empezaba a dormir, tenía pesadillas sobre los rebeldes argelinos que nos degollaban, y me esforzaba en despertar. Entonces el cielo hermoso lleno de estrellas me traería paz, hasta que otra vez podía dormir y mis pesadillas volvían a repetirse. ¡Gracias por decirme esto, Majid! Finalmente me imaginaba una luz blanca a mi alrededor que me protegía contra el peligro, y poco a poco fui durmiendo hasta el amanecer.

 

Ling y yo decidimos subir una duna para mirar la salida del sol pero cuando volvimos, tomamos un pequeño desvío y nuestro guía nos perdió de vista. Recibimos una reprimenda cuando llegamos, porque una vez una señora fue sorprendida en una tormenta de arena y murió. No debimos haber salido sin acompañante. Entendí su preocupación y me disculpé, pero él entonces me aseguró que nos habría encontrado de todos modos. Era necesario regresar, pero habría sido realmente agradable poder dormir otra noche en el desierto, bajo las estrellas...

 

 

El Ksar de Tamnougalt

 

En el camino de Ouarzazate, paramos en Tamnougalt para almorzar. Un oasis rodeado de palmeras, que alguna vez fue la capital del mezguita. Después de una comida maravillosa, el anfitrión de nuestro restaurante nos dio un paseo alrededor de la aldea. Nos explicó como fueron construidas las casas con lodo y paja. Cada ladrillo enorme, hecho en el lugar, es dejado a cocer allí mismo. Puesto que las paredes eran muy altas, y cada capa tenía endurecer antes de que otra fuera construida encima, podrían necesitarse tres o cuatro años para acabar una casa grande. Al caminar por la aldea, con una temperatura de 20 grados, el frescor era muy agradable. Al adentrarse más en la casa, y en la penumbra, la temperatura tornaba más fresca hasta parecer un refrigerador natural. La temperatura dentro de esas casas es estable todo el año. Las formaciones volcánicas de Cappadocia en Turquía también mantienen una temperatura estable dentro de las cuevas. ¡Una buena manera de ahorrar calefacción y aire acondicionado!

 

Entonces caminamos a través del exuberante jardín, plantado con olivos, granados, albaricoques y dátiles. Me sentía como en el jardín de Edén, pero la fruta no estaba todavía madura. De nuevo, tuvimos que salir, a regañadientes, de nuestro pequeño paraíso porque nos aguardaban en Ouarzazate. A la mañana siguiente, Ling volvió a los Estados Unidos y yo decidía hacer una excursión en el alto Atlas.

 

 

La vida en una aldea berébera

 

Cuando comenzamos nuestra caminata en el alto Atlas, el paisaje era muy seco. El sol era abrasador, la subida escarpada y yo estaba fuera de aliento. Finalmente, hicimos una pausa sin ninguna sombra a la vista y tuve la oportunidad de entablar una charla con mi guía Tayeb. Le pregunté si rezaba cinco veces al día. Me dio una mirada extraña. ¡Por supuesto que sí, como lo debe hacer cualquier buen musulmán, pero no cuando se trabaja! "Al fin del día rezas cinco veces seguidas, ¿no?" Se hecho a reír. Quería entender la religión musulmana. “Sé caritativo y generoso con los demás, Alá será bueno contigo.” Fátima, otra guía, es un buen ejemplo; su generosidad impresionó a un rico portugués: le compró una mansión. Sus puertas están abiertas a todas las religiones. El ayuno del Ramadán, que dura un mes, da a los musulmanes una oportunidad de saber lo que se siente tener hambre. Ojalá pudieran tener más simpatía hacia los demás. Me parece que todas las religiones tienen las mismas reglas básicas.

 

No sabía realmente que esperar en las montañas del alto Atlas. Aparte del hecho de que necesitaba el ejercicio después de pasar tanto tiempo en un coche, esperaba encontrar algunos aldeanos. Llegamos a un valle exuberante lleno de árboles y de verdes sembradíos (era abril), y el río rugía. Muchos canales fueron construidos para irrigar los campos. Las mujeres, con vestimentas coloridas, lavaban su ropa en el río, y la ponían a secar sobre los arbustos y las rocas. Aunque no se usan velos en las aldeas beréberas, por modestia las mujeres llevan un pañuelo. Las muchachas más jóvenes no tienen esa obligación, y noté que algunas de ellas tenían la caballera de color castaño.

 

Según Tayeb, la gente berébera se originó en Nepal y el Tíbet, y eso explica porqué algunos de ellos tienen ojos almendrados. Estos nómadas emigraron al occidente, hasta ocupar el Yemen. En esa época eran cristianos. Finalmente llegaron a Marruecos y fueron de los primeros colonizadores. En los siglos séptimo y octavo, los árabes los convirtieron al Islam. Como los consideraban bárbaros, de ahí vino el nombre de berébero, pero son realmente Imazighen. Esta gente constituye dos terceras partes de la población marroquí.

 

Por respeto pero también para protegerme del sol, había elegido usar un pañuelo. Cuando crucé las mujeres que lavaban ropa, pararon todas para mirarme fijamente. Era un animal extraño. Sonreí, y las saludé, lo que provocó una risita colectiva. Más tarde, cuando caminaba por la aldea, varias mujeres mencionaron que parecía una mujer berébera, lo que significó que estaba aceptada. Más adelante, una viejita le dijo a mi guía que era muy afortunado haber encontrado a una esposa tan hermosa., Tayeb ni siquiera lo negó.

 

Después de dejar nuestro equipaje, dimos un paseo por un hermoso valle verde. Había cerezos, higueras y albaricoques. Los aldeanos cultivaban cebollas, papas, trigo, cebada, guisantes, y zanahorias. Las vacas, cabras, ovejas y los pollos proporcionaban carne, leche, huevos y lana. Las casas estaban construidas en roca viva. Esta gente berébera ha vivido en las montañas por siglos, nunca han sido sus dueños pero no pagan alquiler tampoco. Aparte de la ropa que compran en Marrakech, son autosuficientes, hasta que falta el alimento y esperan una nueva cosecha.

 

Desde jóvenes trabajan muy duro: los muchachos pastorean cabras y ovejas y las muchachas llevan un cargamento apilado de ramas de madera en sus espaldas. Varias veces se voltearan a verme y casi metían las ramas en los ojos. Las adolescentes llevan pesadas cargas de alfalfa para alimentar las vacas. Pregunté a Tayeb porqué no utilizaban mulas para llevar cargas tan pesadas. Me contestó que estaban acostumbradas a ello. Por supuesto es difícil preguntar a un hombre sobre las decisiones de una mujer, y voy a necesitar un buen rato antes de poder realmente hablar con ellas sobre eso. Hay una barrera lingüística. Pero parecía que las tareas estaban distribuidas uniformemente, y cada uno trabajaba por partes iguales.

 

En las tres aldeas que visité, dormimos en el piso. Había alfombras y mantas amontonadas para amortiguarnos. No había electricidad, solo lámparas de gas y velas. No había inodoros, pero Tayeb alentaba a los anfitriones a que los construyeran para los turistas. Uno de ellos tenía un hammam. Un fuego construido bajo el cuarto calentaba un cubo de agua. Había también un cubo de agua fría dentro del cuarto y un tercero para mezclar el agua fría y caliente, el último que echaba vapor en el cuarto. Había también un pequeño banco para sentarse, ganchos en la pared para mi ropa y toalla, una vela para alumbrar el cuarto y un tazón para verter el agua caliente sobre mí. ¿Quién necesita una ducha con agua corriente cuando se puede tener un hammam en una aldea alejada en las montañas de Marruecos?

 

La broma sobre no tener inodoros es que a veces tenía que hacer realmente una excursión para encontrar un lugar discreto; había aldeanos que trabajaban por todo el camino. Por la noche era más fácil, aunque a veces tenía que preocuparme de los perros.

 

Las comidas eran siempre buenas, servidas en un tajine, (un plato de cerámica con una cubierta cónica), que era colocado en el centro de la mesa. Después que nos lavábamos ceremoniosamente las manos usábamos pan en lugar de cubiertos para comer. Tayeb me advirtió que no me atravesara sobre alguien al tomar los alimentos, sino que comiera lo que estaba delante de mí. Me preguntaba a veces si iba a haber suficiente comida, pero el pan rellenaba bien y había sobras para los dos muchachos que dormían en el suelo antes de que la cena estuviera lista. Para cada desayuno y cena que comíamos en las aldeas, el pan estaba recién cocido al horno. Algunos eran una mezcla de cebada y  trigo, otros de sémola y trigo. Cocido en un horno cónico, un fuego interno lo calentaba. Cuando quedaba el carbón, se colocaban platos de cerámica y se ponía la masa de pan sobre el carbón y el horno se sellaba. Nunca miré el reloj pero me parecía que el pan se cocía en veinte minutos, pero quizás tomaba cuarenta y cinco minutos.

 

Una tarde mientras que me sentaba en el tejado de la casa de mi anfitrión, después de una larga caminata, observé a una muchacha joven en el patio de los vecinos. Estaba preparando la cena. Parecía tener catorce años. Construía un fuego en el horno de pan y colocaba los carbones debajo del plato del tajine y de la caldera de agua. Los pollos volaban en el patio a través de una abertura alrededor de la puerta que no estaba bien sellada. Un becerro asomaba a veces su cabeza fuera de la casa. Cuando la muchacha joven decidía barrer el patio, tuvo que espantar a los pollos fuera del patio. Abrió la puerta y con un sonido de "sh", muchos movimientos de los brazos y finalmente lanzando ramas, escobillas y estiércol seco, consiguió ahuyentarlos. Roció un poco de agua en el suelo para evitar que se levantara polvo y procedió a barrer el patio con una ramita. Después sacó una vaca de la casa, arrastrándola por una cuerda envuelta alrededor de su pierna delantera, y la ató en el patio. Después tiró el becerro de manera semejante, pero el pobre se cayó porque no estaba acostumbrado a caminar en tres piernas. La muchacha lo arrastró hasta que él logró levantarse de nuevo. Lo ató lejos de su madre y les dio un poco de alfalfa a los dos. El becerro estaba más interesado en el alimento de su madre, el cual no podía alcanzar, que en el suyo propio que era igual. Más tarde lo arrastraron hasta la ubre de su madre para mamar un poco de leche, mientras que por el otro lado, la abuela de la muchacha ordeñaba la vaca, sentada en un saco relleno de paja, el asiento de “moda” entre los beréberos.

 

Había una acequia de agua en frente de la casa y la muchacha fue a traer un poco de agua, mientras que una muchacha más joven se acercaba con un bebé sobre su espalda. Asió al bebé, mimándolo, lanzándolo en el aire y besándolo. Otra muchacha adolescente vino con dos niños en su espalda, llevando un cubo para agua. Las tres charlaban mientras que los niños se alejaban. Era el final de la conversación. Finalmente se separaron y mi nueva amiga volvió a su patio para poner más carbones debajo del tajine y de la caldera de agua. Trajo la masa de pan y la colocó en los platos de cerámica que ahora eran colocados en el horno. Selló el horno con estiércol, usando sus manos desnudas. Cuando vio mi reacción, se ofreció a poner un poco sobre mi cara. ¡Quizá, tal vez lo utilizan como mascarilla! Tayeb se rió de mí: "¡es natural y es orgánico!" Esperando que el pan se cociera al horno, mi amiga miraba sobre la pared hacia la acequia y lanzó una piedra hacia otra muchacha que traía un poco de agua. Charlaron por un rato.

 

Se acercaba la noche y entramos en la casa para picar algo de pan con aceite de oliva, mientras que los muchachos hacían sus tareas. Aunque tenían muchas plumas, ninguna de ellas funcionaba, así que les di la mía. La cena era siempre bastante tarde, y me iba a la cama con un estómago lleno. Sin embargo no parecía ser un problema. Como el cuarto de huéspedes se abría hacia el patio, esperaba que los pollos y las ovejas entraran cuando la puerta estaba abierta, pero nunca vinieron a visitarme. ¡Caramba! Mi madre solía dejar entrar a mi perro en mi cuarto por la mañana, para despertarme antes de ir a la escuela; ¡era el mejor despertador!

 

Desayunábamos en la terraza rodeada por nogales, escuchando las cascadas y mirando la vista maravillosa del Atlas. ¡Que paraíso! Y era duro irse... Intenté explicar a Tayeb que aunque eran pobres, estos aldeanos eran muy afortunados de poder vivir en un lugar tan hermoso, tener una casa tan grande y comer alimentos frescos. La esperanza de vida es muy alta aquí. ¡No es poco común vivir cerca de los cientos y diez años!

 

Y así se termina mi peregrinaje, y tendré las fotografías para rememorarlo.

 

 

 


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