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MONTEVERDE

 

Mi primera parada fue en el nubloso bosque de Monteverde. El canopy tour, que se originó aquí, me gustó mucho. Resbalé con cables, sobre las copas de los árboles, y los trayectos eran de longitud y de inclinación variables. Cuando iba rápidamente, era mayor el desafió de parar. Pero cuando comprendí que el freno no era sólo el apretón de la mano, sino más bien mi peso entero en él. Así conseguí estar cómoda. Más excitante era la oscilación de Tarzan. Mientras que salté hacia abajo en el vacío, sosteniéndome sobre la cuerda, sentí mis entrañas moverse como un saco de arena. Cuando me agarraron en la primera oscilación, me di la vuelta y grité. En la siguiente vuelta me hicieron girar en la otra dirección y grité más fuerte. ¡Ahora sé porqué Tarzan gritaba, una mezcla de regocijo y terror! Me tomó un buen rato para orientarme después de esta emoción...

 

Tenía compañeros de cuarto; una familia entera de avispas. Deben haber sido cerca de catorce de ellas, muchas amontonadas encima de las otras, en una esquina sobre la puerta. Cuando fui al recepcionista acerca de ellas, me dijeron que no me preocupara porque no eran agresivas. Esta muy bien, mientras permanecían donde estaban, pero cuando una de ellas se aventuraba cerca de mi cama, estando a punto de irme a dormir, me asustaba que fue a subirse a mi almohada mientras que dormía, y mi reacción fuera agresiva. Afortunadamente no sucedió nada, y esto me tranquilizó. En cuanto a las cucarachas, toleraré que vivan conmigo, pero no que se acuesten conmigo. Esto hubiera sido el colmo, y si intentaran, les dará una bofetada. Por favor, que lo sepa todo el mundo: ¡Nico no duerme con cucarachas! ¿De acuerdo?

 

La primera vez que visité el estanque de las ranas fue en la noche, y el guía las buscaba con una linterna. Los anfibios se ocultaban bajo las hojas, y utilizaban su color como camuflaje. Había muchas variedades; las venenosas eran de colores más brillantes, como el rojo o verde intenso con lunares. Es su color brillante que indica a los depredadores que hay que tener cuidado. El veneno sale a través de la piel cuando están asustan. ¿Qué sucede cuando se agarra una rana venenosa en la mano? Como son de sangre fría y nosotros somos de sangre caliente, comenzarán a calentarse en mano, y entonces sudaran; el veneno se filtrará a través de la piel. Si uno tiene un corte o una herida en la mano, puede haber problemas. De todos modos, es mejor no tocar ni sus ojos ni su boca con las manos. ¿Y por qué se llaman ranas del dardo? Porque los indígenas utilizaban su veneno para sus flechas cuando cazaban.

 

Bueno, hay ranas maternalmente protectoras, y hay ranas que comen otras ranas. Algunas ranas o sapos pondrán hasta 25 000 huevos, esos probablemente se los coman. Otra especie pondrá menos huevos, esas son más maternales. Algunas recién nacidos salen de los huevos como ranas completamente desarrolladas, mientras que la mayoría son primero renacuajos. La ventaja de ir al estanque de las ranas es que uno tiene la certeza de verlos, si se mira bien y se logra comprender las tácticas de camuflaje. Es asombroso cómo pueden confundirse totalmente con su medio ambiente. Es un buen ejercicio para los ojos, el intentar encontrarlas. La primera vez que fui allí, el guía nos ayudó a encontrarlas. Muchas ranas son nocturnas, y me sorprendió descubrir que los sonidos que hacen son totalmente diferentes de los que estoy acostumbrada a oír. Cuando volví el día siguiente, me dieron una linterna y tuve que encontrarlas sola. La mayoría de ellas estaban durmiendo, así que era más difícil encontrarlas, pero con mucha paciencia, hallé a la mayoría.

 

VOLCÁN DE ARENAL

 

De camino a La Fortuna, había una multitud de zopilotes a orillas del lago. Pregunté al conductor porqué había tantos. Me explicó que un “derrumbe” (avalancha de fango) había causado marejada que ahogó una docena de vacas. Los buitres se preparaban para un banquete.

 

La primera cosa que quería hacer cuando llegué a mi hotel era montar a caballo para ir a ver la cascada, y me enamoré... con Apache. Había montado solamente un par de veces desde que era adolescente, y no estaba segura cómo iba a manejarlo. Me dieron un caballo maravilloso, dócil, pero con personalidad. Puesto éramos sólo, Alonso, mi guía de catorce años, y yo. La primera cosa que Apache hizo cuando lo monté, fue intentar meterse en la casa. Tal vez pensó que era una persona y no un caballo. Después el caballo de Alonso se dio a medio galope hacia la cuadra. Finalmente el padre de Alonso nos puso en el camino correcto, y el resto del paseo fue normal. Alonso permaneció detrás para cuidarme y Apache aceleraba cada vez que el otro caballo se acercaba demasiado a él. Así pude ir a medio galope relajando mis piernas al ritmo del caballo. Le dejaba ir a medio galope cuando lo deseaba a menos que hubiera un auto que se acercaba, o un camino de asfaltado, en cuyo caso tomaba el control de las riendas. Era muy sensible a mis señales y me obedecía. Por primera vez sentía controlar un caballo. No había profesores para decirme que hacer o molestarme asustando mi caballo, o darme una montura que no me gustaba. Podía ir tan de prisa como quería y mi caballo me respondía. Aunque probablemente tenía un buen entrenamiento, dejé de montar a caballo porque tenía dolor de estómago cada noche antes de mi clase. Apache me había enseñado una nueva forma de montar que me gustaba.

 

Después del canopy tour, las caminatas en el nubloso bosque y el montar a caballo, estaba lista para un buen baño en las aguas calientes de Tabacón. El agua que baja hirviendo del volcán se vuelve templada cuando llega más abajo. Había diferentes piscinas para bañarse, algunas con un efecto de jacuzzi, otras con cascada para sentarse debajo. Aunque el lugar estaba carísimo, los masajes que recibí del agua eran más baratos. Apenas podía caminar cuando entré en el balneario, ya que mis pantorrillas me dolían mucho, pero después del baño pude caminar normalmente. Dos días después visité los balnearios de Baldi, que son mucho más baratos que Tabacón. Son piscinas de diferentes temperaturas, pero no hay el río que fluye abajo como el efecto de Tabacón. Había música disco muy ruidosa que para mí iba contra el propósito mismo de un balneario. Pero como los costarricenses vienen aquí, es posible que a ellos les guste. Lo que realmente me fascinó allí, fue el perfume abrumador invadiendo del ylang-ylang cuando caminaba de una piscina a otra. Descubrí que había solamente tres árboles en todo el balneario pero el olor era tan fragrante que se notaba en un amplio espacio.

 

Hay un volcán cerca de La Fortuna, el volcán Arenal. Sigue estando activo y en una noche clara se pueden ver pequeñas irrupciones y la lava que fluye. Estuve allí tres noches y la mayoría del tiempo, el volcán se ocultaba detrás de las nubes pero una noche, logré que me llegaran a un mirador. Veinte minutos más tarde volvían a recogerme.  Pensé que sería suficiente tiempo, yo no quería esperar allí una hora y media cuando volviera el siguiente minibús. El cielo estaba lleno de estrellas, se oían canciones de amor de los grillos y había amantes a mí alrededor. Siguiendo un rugido, vi la cima carmesí del volcán que brillaba intensamente, y varias cascadas de lava roja. Era casi como fuegos artificiales, excepto que eran solo de un color y en vez de ir para arriba, iban hacía abajo. El espectáculo era absolutamente mágico. Entonces cerraron el escenario como un telón  al final de la obra, y llego el momento de partir. La sincronización con el minibús resultó ser perfecta.

 

Al día siguiente, hice un tour del volcán, caminamos al mirador aunque llovía y había varios grupos ruidosos y desagradables. O el volcán estaba en huelga, o el telón nunca se abrió. No logramos ver mucho. Fui muy afortunada en lo que vi el día anterior. Sin embargo gocé de la caminata en la selva tropical yendo al mirador.

 

PARQUE NACIONAL DE MANUEL ANTONIO

 

Aunque me aconsejaron evitar el parque nacional Manuel Antonio, fue a visitarlo porque estaba en el camino hacia mi próximo destino, ¡y no me lo arrepiento! ¡Es absolutamente magnífico! Pienso que si se puede visitar durante la estación baja, cuando llueve mucho, el viaje vale la pena. Como quiero mucho el mar, he encontrado mi paraíso. Mientras que caminaba por la playa, a mi izquierda estaba el rugido de las olas, a mi derecha cantaban los grillos en las palmeras, delante de mí estaban la puesta multicolor del sol, y detrás de mí, los islotes hermosos del parque nacional Manuel Antonio. Después de una larga y agradable caminata en la arena, encontré un restaurante en la playa y comí un fabuloso pescado a la española, que compartí con los mosquitos. Comí el pescado y los mosquitos me comieron a mí.

 

Volviendo a mi hotel, las ranas me regalaron con un maravilloso concierto en la laguna. Era un acapella con al menos cinco variantes distintas que podía discernir. Escuchaba grillos, ranas, y talvez lagartijas. En el patio trasero de mi hotel había otro concierto de ranas. ¡Que precioso! ¡Y que pena que no tenía una grabadora...! Si se juntaran todos los sonidos juntos, sonaba algo como esto:

 

awatawatawatawatawatawatawatawatawatawatawatawatawtawatawatawa (coro de ranas)

crrr crr  crrr crrr crr crr crr crr crr crr crr crr crr  crrr crr crr  crrr crr crr crrr  crrr        (grillos)

tutu                                 tututututu                 tutututu                tutu                 geicko)                       

 ¡tss-toiiing!                  ¡tss-toiiiiing!                             ¡tss-toiiinggg! ¡         (rana solista)

¡Agregue a ése un riachuelo, y tenemos una sinfonía!

 

Permanecí dos noches en Manuel Antonio y a la mañana de mi salida, el sol me saludó mientras que iba de excursión a una playa aislada. Me deleité con la belleza de mi escondite secreto, que lo era todo para mí. Cuando me regresé apresuradamente al hotel para dejar mi habitación al mediodía, vi a turistas llegando con sus trajes de baño y toallas. Me sentía muy afortunada por haber tenido sola mi pequeño refugio.

 

Cogí el autobús hacia Domenical que tomaría dos horas para viajar los cuarenta y cuatro kilómetros repletos de baches. Las calles de Domenical estaban inundadas de fango y charcos, y no podía encontrar un cuarto limpio y barato. Una de las muchachas del hostal fue tan grosera conmigo que decidí pasar por alto mi viaje a caballo para ver la cascada más hermosa de Costa Rica, y continuar hacia Uvita donde sabía que podía encontrar una habitación barata. Pero allí, el tour para ver las ballenas no era sino dentro de tres días, así que permanecí una noche y continué hasta Puerto Jiménez, un viaje de siete horas con tres distintos autobuses. Los conductores de autobuses eran siempre amables conmigo diciéndome cuándo bajar y dónde coger el autobús siguiente. Tenía mucha suerte en que nunca esperé mucho tiempo para cualquiera de mis conexiones.

 

Un guardabosque del Parque Nacional de Corcovado, cuyo labor era proteger el parque contra los cazadores y los buscadores de oro, se sentó a mi lado y me dio consejos sobre mis planes de ir al campamento de La Sirena. Orlando-así se llamaba- me dijo que el río era a veces tan profundo, que debía cargar con sus mochilas sobre su cabeza para cruzarlo. Pero no me advirtió (o no lo entendí) que tan fuerte podía ser la corriente, y me di cuenta demasiado tarde. Su descripción de la larga caminata de ocho horas a través de fangosos senderos, trajo nudos a mi estómago, pero quería hacerlo, me atraía el desafío. En el camino a Puerto Jiménez, pasamos algunas colinas, dañadas por los “derrumbes”. Recién abrieron la carretera después de estar cerrada durante casi dos semanas. No había baches en el camino, sino cráteres llenos de agua. Era más fácil relajarme como pasajera en el autobús que si lo hubiera conducido. El autobús iba lentamente y cada golpe me daba un masaje en el cuerpo cansado. Orlando me deseó buena suerte al bajar del autobús, aunque era probable que nos viéramos de nuevo en La Sirena.

 

PARQUE NACIONAL DE CORCOVADO

 

Puerto Jiménez es un pueblo tranquilo, la entrada al Parque Nacional de Corcovado de los backpackers (mochileros). Había leído que debía de estar preparada para la humedad y los mosquitos, ya que había mucho de ambos. Había cuartos limpios y baratos, y pasé el resto del día organizando mi excursión a Corcovado. Decidí permanecer una noche en el campamento de tienda de La Leona, y dos noches en La Sirena. Necesitaba tomar el avión de Puerto Jiménez a San José para tener suficiente tiempo para ver el Caribe antes de volver a casa. Tuve también que comprar un mosquitero, lavar mi ropa, leer mis

e-mail... A la mañana siguiente un colectivo nos llevó hasta Carate, a cuarenta y cinco minutos de caminata de la entrada del parque.

 

Éramos siete en el colectivo pero aparte de mí, todos continuaban a La Sirena. ¡Bueno! pensé, tal vez venga más gente al día siguiente, así tendré compañeros para caminar. Por una razón estúpida, les dije que no me esperaran al bajar del colectivo, porque yo era muy lenta. No deseaba retrasarlos, y quería tomar un bocado antes de continuar. ¡Que error! Tuve que cruzar un río y subestimé la corriente. Había visto que ya habían cruzado el río, así que seguí sus pasos... ¡y me caí dentro! ¡Con mi bolso de cámara fotográfica y todo! Mis aductores (músculos internos de los muslos) parecían estar en huelga desde que monté a caballo y mis piernas no lo eran bastante fuertes para oponer resistencia a la corriente. La profundidad del agua llegaba sobre los muslos. Por milagro - que atribuyo a mis ángeles de la guarda - logré levantarme antes de que la corriente me arrastrara al mar. Y un milagro más, no mucha agua había entrado en el mi bolso, y ambas cámaras fotográficas aún funcionaban. Cuando llegué al campamento de tienda de La Leona, tuve que colgar todas mis cosas para secarlas. Pero sobretodo necesitaba descansar, cuidar mi pierna herida y beber un montón de agua para recuperarme de la conmoción. Reinaldo, el gerente del campamento, me dio un bálsamo de alcanfor para friccionar mis piernas, pero me era imposible estar quieta. Intenté gozar de la hamaca con vista a la playa, pero tenía estaba llena de energía.

 

Mientras pasaba por encima de otra carretera más de seis carriles de hormigas rojas llevando hojas en una dirección, y zigzagueando en la otra, quería finalmente entender esta historia. Las filas eran siempre tan largas que nunca podía ver llegar su comienzo y final, pero ese día, tenía tiempo de hacerlo. En un extremo cortaban pedacitos de hojas de arbustos, y Manuel me explicó que las llevaban a los hormigueros (y por supuesto era imposible ver dentro). Las amontonaban para que fermentaran afín de poder así usar su jugo para alimentarse. Las hormigas no paran nunca de trabajar, siempre son adictas a sus labores. Supongo que serían magníficas empleadas si alguna vez las necesitara.

 

Aquí estaba, en este hermoso campamiento en la playa, incapaz de descansar, y con la prohibición de nadar, debido a la resaca. Ir de excursión no era una buena idea tampoco, y no había traído algo para leer. Finalmente Geiner, un empleado del campamento más elegante de al lado, vino a charlar conmigo. Tenía un par de horas libres antes de trabajar de nuevo, así que elegimos escalar la colina para disfrutar de la vista desde la cima. Vimos muchas ranas minúsculas venenosas, verdes y negras ¡eran preciosas! Geiner se ofreció acompañarme a la playa por la noche, después del trabajo, para ver las tortugas. Las tortugas de mar vienen a la playa por la noche para poner huevos y enterrarlos en la arena. Desafortunadamente, hay cazadores furtivos que roban para venderlos a personas que creen que tienen cualidades afrodisíacas. Los huevos son también vulnerables a depredadores como coatíes, cangrejos y coyotes. Dentro de los parques nacionales protegidos, como Tortuguero, los huevos son desenterrados y mantenidos en un lugar seguro hasta estar listos para que las pequeñas tortugas rompan el cascarón. Llegado ese momento, los pondrán en la playa a la noche. Ya que la luminosidad más brillante viene del océano, las tortuguitas que se orientan con la luz saben naturalmente dirigirse hacia el mar, lo que es vital para su supervivencia.

 

Era la única huésped en el campamento de La Leona, y los empleados me invitaron a celebrar el cumpleaños de Mercedes, la cocinera, y tomamos un Cabernet Sauvignon que venía en un cartón. Asaron un poco de cerdo a la parilla pero no pude comerlo porque estaba llena de mi cena. Contaron cuentos de turistas que eran llevados por las olas, o que eran comidos por tiburones, o que morían de deshidratación por no beber agua del río. Me dijeron que yo era muy valiente por hacer esta excursión sola. No tenía intención alguna de regresar, aún con la pierna mala. Tampoco tenía idea de lo qué me esperaba. Reinaldo me mostró ranas grandes que visitaban el campamento. No parecían tímidas. Cuando Reinaldo puso el pie sobre una de ellas, no se movió. Un poco más adelante me llamó de nuevo para ver otro animal, ¡otra rana! No, con su pie, la empujó en a la zanja (ploc) y me mostró un cangrejo grande que comía lo que le había dejado. ¿Por qué los cangrejos caminan de lado? Porque tienen siempre que ver a su enemigo, y nunca darles la espalda. (¿Así que no pueden caminar hacia atrás?) ¿Por qué Reinaldo pateó la rana? Porque siempre entra en la sala sin invitación. Cuando Geiner llegó a las 20:30, ya tenía sueño, y como la marea estaba alta, tendríamos que esperar un rato antes de que las tortugas vinieran a la playa. Finalmente tuve que abandonar la idea de ver las tortugas, ya que tenía un largo día frente a mí: una caminata de diecisiete kilómetros.

 

A la mañana siguiente, llegué a la entrada del parque y de nuevo me dijeron que era muy valiente de hacer esta excursión sola. Una vez más no hice caso de la advertencia, convencida que mis ángeles de la guarda estaban allí para protegerme. El guarda me  explicó que tendría que cruzar dos anchos ríos (¡gulp!), que además algunos de los senderos estaban en el bosque, y que ocasionalmente tendría que caminar por la playa. Había un lugar en la playa, que si la marea era demasiado alta, tendría que esperar si las olas llegaban a golpear las rocas. Y cuando llegara al Río Claro, tendría que seguir la trayectoria del río arriba hasta un punto que sería el mejor lugar para  cruzar. Me deseó buena suerte y me fui, pasando a una pareja que hacía una excursión de un día. Ellos no iban a La Sirena. Más adelante descubrí que debido a la lluvia, dos horas después de mi salida, cerraron el parque y no dejaban entrar a nadie.

 

Pronto llegué al Río Madrigal y opté esperar a la pareja para cruzar el río con ellos. Los observaba mientras que estudiaban el mejor sitio para cruzar. Él señalaba a un área y ella decía con su mano que no, como si no fuera una buena idea. Él lanzaba piedras al agua. ¿Indicaba eso la profundidad del agua? Un poco más río arriba metió su pierna en el agua y esa desapareció. Ella le ayudó a salir. Él señalaba otras opciones, pero ella mostraba que ¡ni loca iba! Me preguntaba si el hecho de que le hubiese dicho que había caído en el otro río la había hecho más cautelosa. Finalmente cruzaron en un área en que el agua solamente llegaba a las rodillas, aunque la corriente estaba fuerte. Cuando llegaron al otro lado, les pedí que me ayudaran a cruzar. ¡Fue un placer para él! Agarró mi mano, mientras ella sacaba una foto, dándome una sonrisa de apoyo. ¡Gracias a ambos!

 

Continué con un paso constante y pronto comenzó a llover. Encontré a dos muchachas que venían de La Sirena, totalmente mojadas, no tenían ninguna capa o paraguas. Caminaban hacia cinco horas, mientras yo había hecho tres en la otra dirección. Eran las once de la mañana. En cinco horas  más pensaba llegar a las cuatro de la tarde, antes de la puesta del sol que era a las cinco. Llovió a cántaros, me guarecí bajo una roca frente a la playa mientras gozaba del paisaje. Pronto me di cuenta que la lluvia no iba a amainar, y continué mi camino. Vi un halcón empapado en una rama y pensé tomarle una foto. Pero cuando enfoque mi cámara hacia él, se volteó y se fue volando. Me di la vuelta y vi cuatro siluetas que caminaban por la playa. Me alcanzaron rápido y Orlando era una de ellas. ¡Mi caballero andante con una armadura brillante había llegado! ¡No uno, sino cuatro! Pero si pensaba caminar con ellos, tendría que acelerar mi paso, así que Orlando y Plácido sacaron algunas cosas pesadas de mi mochila. Caminamos sobre todo por la playa, porque las trayectorias en el bosque estaban inundadas y fangosas. Así la caminata fue más larga y dura, y sufría con ampollas en mis pies. Plácido permanecía a mi lado mientras yo hacía una pausa y Orlando esperaba adelante. Finalmente alcanzamos el Río Claro y parecía muy feo. Era marrón y la corriente era extremadamente fuerte. ¡Ni loca iba a cruzar ese río! Pero para ellos, no era cuestión dejarme atrás. Estaba muerta de miedo. Orlando cogió mi bolso de cámaras fotográficas y lo colgó alrededor de su cuello, Plácido tomó mi mochila y la sostuvo bajo su brazo. Cada uno de ellos tomó una de mis manos. El nivel del agua estaba casi a mi cintura (puede a veces alcanzar el cuello). La corriente era tan fuerte que cada vez que levantaba un pie para tomar el siguiente paso, mi pierna iba hacia arriba. Y si no fuese por los dos fuertes pilares que me sostenían con un apretón de muerte, el río me habría llevado hacia el mar, entonces hubiera sido tragada por las olas, y finalmente comida por los tiburones. No era una buena manera de terminar mis vacaciones. ¿Qué habría hecho yo sin ellos? Probablemente me hubiera sentado toda la noche en el lodo, llorando bajo la lluvia. Agradecí nuevamente a mis ángeles de la guarda. Orlando admitió después que él tuvo miedo que uno de ellos se hubiera caído, y los tres hubiesen sido llevados por la corriente.

 

Todavía había más por caminar, y Orlando quería ir por la playa, una trayectoria más larga. Yo prefería ir por el sendero del bosque, que al final resulto estar inundado y muy fangoso. Me preocupaban las serpientes, pero Plácido me tranquilizó: las serpientes gustan de lugares secos. Finalmente llegamos a La Sirena a las tres, más temprano que suponía. Me dijeron otra vez que era muy valiente de haberme aventurado sola en la expedición, y admití que estaba totalmente inconsciente de la amenaza del Río Claro (o quizá no quería admitirlo). Agradecí al cielo mi llegada segura, y tuve una noche agitada, con perpetuas precipitaciones, y con un nivel de adrenalina muy alto después de tanta emoción.

 

            Golpearon a mi puerta a las seis y veinticinco, antes del desayuno. Era el jefe de estación. Me dijo que un grupo salía en unos minutos, y me aconsejó vivamente que me fuera con ellos. Si permanecía otra noche como previsto, tendría que volver sola, y él no pensaba que eso era una buena idea. No estaba segura de que mi cuerpo estuviera listo para ir de excursión otros veinte kilómetros, y sin duda los senderos iban a estar inundados, pero reconocía que tenía que aprovechar del grupo, especialmente puesto que estaba acompañado por un guardabosques. Comí el desayuno de un trago, recogí rápidamente mis cosas y alcancé al grupo que ya había ido salido. Me estaban esperando al otro lado del Río Claro. Afortunadamente otra vez dos pilares fuertes me ayudaron a cruzar. La lluvia finalmente paró, y la tierra absorbió rápidamente el agua. Sorprendentemente los senderos no estaban tan lodosos. Llegamos a la entrada del parque, una caminata de diecisiete kilómetros, después de cuatro horas y media. El guardabosque nos tenía a un paso constante y tomamos un par de atajos. Tampoco vimos muchos animales, apenas un par de coatíes, pero gocé de cada riachuelo, refrescando mis pies y limpiándolos del fango. Tuvimos que caminar otros tres kilómetros hasta la parada del autobús en Carate, pero desgraciadamente la lluvia se había llevado uno de los puentes del camino. Así que íbamos a tener que caminar otros siete kilómetros, dos horas más. Tomamos una hora de descanso para almorzar y nos pusimos a caminar lentamente hasta la nueva parada de autobús. Llegamos a las tres, una hora antes de su llegada, pero el autobús nunca vino...

 

A las cuatro y media eran doce las personas (incluyendo un minero costarricense que ilegalmente se dedicaba a la minería del oro) que esperaban el colectivo para Puerto Jiménez. A las cinco y quince vino un coche de Carate para dejar a alguien en una casa cercana. Pedimos consejo, y finalmente el minero nos prometió que volvería. Llamaron por radio a un hotel que llamó a la compañía del colectivo para venir a buscarnos. Según el minero, debían llegar entre las siete y siete y media. La noche ya había caído, docenas de luciérnagas representaban un ballet alrededor de nosotros, las ranas daban serenatas, y nos preocupábamos de la posibilidad de huéspedes inoportunos: las serpientes. Caminamos hasta el siguiente río, otros dos kilómetros, para matar el tiempo. Y entonces esperamos, mucho tiempo. Conté bromas, otros compartieron el resto de su comida, y hasta pensamos en la posibilidad de regresar por el camino inundado hasta Carate, para dormir en un hotel que costaba cien dólares por noche, y para el nadie tenía dinero. A las ocho de la noche perdíamos la esperanza, y el hotel parecía ser una opción mejor que dormir en el camino con los mosquitos y las posibles precipitaciones. ¡El colectivo finalmente llegó! El conductor estaba en su tercer viaje de ida y vuelta del día (cuatro horas cada uno), yo no entendía porqué  nunca vino a las cuatro de la tarde, pero todos estábamos agradecidos que estuviera allí.

 

En el camino a Puerto Jiménez tuvimos un reventón de neumático. El pobre conductor estaba a cuatro patas, en el fango, intentando cambiar la rueda. Eso retrasó nuestra llegada aún más. Cuando llegamos, la gran mayoría de la ciudad estaba dormida, incluyendo el hotel donde había dejado mis maletas. Un americano expatriado, quién había por casualidad oído la situación en la radio, nos ayudó a encontrar un restaurante y un hotel. Después de la comida y una ducha fría, me quedé dormida inmediatamente. Descansé un día en Puerto Jiménez, ya que mi vuelo a San José no era sino hasta el día siguiente. Charlé con la dueña china del restaurante en donde almorzaba, y me dio algunos consejos de cómo hacer un buen ceviche (pescado crudo cocinado con jugo de limón). Después, el guía, que me había ayudado a organizar mi viaje al Parque Nacional de Corcovado, vino para tomar una cerveza y tuvimos una larga conversación sobre Costa Rica. Me explicó que hacía aproximadamente cincuenta años, el gobierno había decidido proteger el bosque tropical y los animales, especialmente las especies en peligro. Les enseñaron a sus ciudadanos un ecosistema que le hizo tomar conciencia de la belleza de su país. En esos días el turismo no era un fin en si, pero hoy, el apoyo de visitantes extranjeros les ayuda para continuar con sus proyectos. Este concepto me interesó mucho: hacer lo que se cree profundamente, y no tener expectativas de un resultado específico. Otro punto interesante sobre Costa Rica es que decidieron no gastar dinero para el ejército, y en lugar de ello educar a sus ciudadanos. Consecuentemente, la alfabetización en Costa Rica es cerca del 96%, la más alta de Ibero América.

 

Entonces fui hacia el puerto, y caminando por la playa quede maravillada con los diseños solares en la arena tallados por los cangrejos. Topé con un pintoresco restaurante que sería perfecto para mi cena de despedida con el grupo que había caminado conmigo desde La Sirena; se llamaba “La Sirenita”. Hacían los mejores frijoles que mis amigos habían probado en Costa Rica, y la carne tenía un sabor a la italiana, con aceitunas. Por supuesto, la lluvia se nos unió para la cena. Volviendo al hotel, las ranas nos regalaron otra vez a un recital. Me van a hacer mucha falta. Afortunadamente, compré un CD con los sonidos de la naturaleza costarricense; las ranas fueron invitadas a la grabación.

 

A la mañana siguiente, me convocaron en el aeropuerto quince minutos antes del vuelo, con solo un número de confirmación como boleto. Miré el aeroplano de SANSA que tenía solo un motor, aterrizando a duras penas como un albatros, para no caerse sobre la nariz. Había reservado mi vuelo con Nature Air, cuyos aeroplanos tenían dos motores y mejores antecedentes de seguridad. El vuelo a San José fue en su mayoría entre las nubes, los pocos claros me permitieron una última ojeada sobre este hermoso país. Tenía planes de continuar a Puerto Viejo, en el lado del Caribe, pero había una alerta amarilla debido a inundaciones, y tuvieron que evacuar algunas zonas del área. Me sobraban algunas horas para matar tiempo en San José, antes de volver a casa. Los chóferes de taxi trataban tomarme el pelo. Querían 20 dólares para llevarme al centro. Les dije que tomaría el autobús. Guillermo finalmente bajó su precio hasta 5. En el coche intentó otra vez darme un "trato especial", permaneciendo conmigo mientras que visitaba los museos, para después llevarme al otro aeropuerto para mi siguiente vuelo. Le hice saber que prefería tomar el autobús. Dándose cuenta que no iba a hacer negocio conmigo, finalmente se ofreció a llevarme a un agradable restaurante, tradicional y barato, para desayunar. Me mostró los dos museos cercanos que quería visitar, y aún donde tomar el autobús para el aeropuerto. Después de todo resultó ser un tipo decente.

 

Mi viaje por Costa Rica no fueron exactamente unas vacaciones, fue más como una aventura. No les aconsejaría a los turistas tener planes fijos yendo allí, especialmente durante la estación de lluvias. Pero sin lluvia, Costa Rica no sería tan rica.

 

 

Bonus:  Iguana   Iguana 2   Tarantula 

 


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